La Unión Soviética no cayó por sí sola. Fue destruida desde adentro por un plan que comenzó en 1985 y que involucró traición, manipulación extranjera y el mayor robo de la historia moderna. Cuando Mijaíl Gorbachov llegó al poder en marzo de 1985, prometió reformas. Glasnost, hiperestroika. Sonaban como libertad. Sin embargo, eran el caballo de Troya perfecto.
Documentos desclasificados de la CIA revelan que agencias occidentales infiltraron el Kremlin durante décadas, financiando disidencia y comprando lealtades en las repúblicas soviéticas. Entre 1989 y 1991, más de 24.000 millones de dólares desaparecieron de las arcas soviéticas. Fueron transferidos a cuentas secretas en Suiza, Chipre y las Islas Caimán por oligarcas que sabían exactamente que venía. Mientras tanto, Boris Yeltsin, el supuesto héroe de la democracia rusa, estaba en nómina de consultores occidentales. Desde 1989, cables filtrados muestran reuniones secretas en Moscú donde asesores americanos diseñaban la privatización que entregaría petróleo, gas y minerales a un puñado de hombres conectados. El 25 de diciembre de 1991, Gorbachov renunció en televisión nacional. Esa misma noche, la bandera soviética fue arriada del Kremlin. Pero lo que no te cuentan es 48 horas después, 7 oligarcas controlaban el 50% de toda la riqueza de Rusia. Empresas estatales valoradas en billones fueron vendidas por centavos. Años más tarde, Anatoly Chubáis, arquitecto de las privatizaciones, admitió que el objetivo nunca fue crear una economía justa. En realidad, buscaban destruir cualquier posibilidad de que el comunismo regresara sin importar cuántos millones cayeran en la pobreza extrema. Occidente celebraba la victoria de la democracia mientras financiaba el mayor saqueo económico del siglo XX.


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