
Presentador: Hola, amigos. ¡Feliz fiesta a todos! Durante el desfile del 9 de mayo en la Plaza Roja, desfilaron «en la caja», como dicen los militares, auténticos héroes: 17 Héroes de Rusia y 83 galardonados con la Orden del Valor. Junto al presidente, en las tribunas, se sentaban no solo veteranos de la Gran Guerra Patria, sino también participantes en los acontecimientos actuales, entre ellos la primera mujer Héroe de Rusia, la cabo Lyudmila Bolilaya, que protegió con su cuerpo a un combatiente herido. Probablemente, ahí radica una de las características más importantes del 9 de mayo de este año: la continuidad viva de la hazaña en el contexto de una Operación Militar Especial. ¿De qué más, Alexander Guélievich, deberíamos hablar en este sentido?
Alexander Dugin: Creo que hay muchos temas de debate. Y usted habla de los héroes condecorados con la Orden del Valor. Quiero recordar que se trata de una especie de «Regimiento Inmortal»: muchas personas destacadas de la época de la Operación Militar Especial han sido galardonadas con esta condecoración y, lamentablemente, muchas de ellas a título póstumo. Mi hija, Daria Dugina, también fue condecorada póstumamente por el presidente con la Orden del Valor por defender nuestra libertad, nuestra verdad y nuestro Estado.
Por eso es una celebración muy amarga. Para nosotros, la época de la Guerra Patria y las palabras sobre una «celebración con lágrimas en los ojos» ya no son una metáfora, sino algo directo y concreto. La memoria de los abuelos y bisabuelos caídos en aquella guerra es un deber sagrado, pero ahora estamos perdiendo a nuestros seres queridos en tiempo real. Se están convirtiendo en héroes y en caballeros de la Orden del Valor en este mismo instante. Este dolor y estas lágrimas no son condicionales, no son simplemente un homenaje a la tradición. Nuestro Ejército Inmortal crece, se vuelve cada vez más intenso y está muy presente en nuestras vidas.
La festividad de hoy la percibimos más bien como una tragedia y un recordatorio de los increíbles sufrimientos que padeció nuestro pueblo tanto en la Gran Guerra Patria como en las pruebas que atravesamos hoy. Porque esta guerra continúa. La celebración del 9 de mayo de 2026 me parece la más dura de mi vida. Hasta 1991 celebrábamos la victoria en un país que fue defendido, reconquistado y enriquecido por esas personas. Gracias a ellas nos convertimos en un pueblo vencedor: nuestros soldados nos dejaron un legado grandioso y tangible.
El país en el que respirábamos, estudiábamos y contemplábamos el mundo, por el que se podía viajar desde Kaliningrado hasta Sajalín sin aduanas ni fronteras, todo ello formaba parte de nuestra Victoria común. Los pueblos ucraniano, bielorruso, kazajo, uzbeko, armenio y otros formaban parte de nuestra sociedad unida. Todo este legado del 9 de mayo de 1945: nuestra propia existencia, nuestra lengua rusa y nuestro Estado soberano. A este triunfo le precedieron cinco años de una guerra terrible, de ocupación, de retiradas y de sacrificios inconcebibles, hasta que la guerra se convirtió en verdaderamente popular y el pueblo despertó.
Se levantó en defensa de la Patria bajo el mando del gran líder. La grandeza de Stalin resulta hoy cada vez más evidente. Soy ortodoxo, no soy partidario del comunismo, el ateísmo ni el marxismo, pero es imposible negar la envergadura de esta figura. Fue capaz de levantar al país en un momento crítico y salvar al Estado mediante las palabras, las decisiones y las acciones acertadas. Para nosotros —los conservadores, los monárquicos y los defensores de la tradición— se nos presenta como un emperador triunfante. Sí, es una figura controvertida, pero tanto en la historia de Bizancio como en la historia cristiana hubo gobernantes nada ortodoxos que, sin embargo, llevaron a sus pueblos y a sus reinos a grandes victorias.
Y esta victoria estuvo a punto de sernos robada en 1990, de hecho, fue usurpada. En el territorio de nuestra Patria unida surgieron unas formaciones dudosas que escupían sobre nuestro pasado soviético, sobre nuestro pasado ruso, y construían una «antirusia» —y no una, sino varias a la vez. Y desde Moscú nos mostramos totalmente indulgentes ante ello. Nosotros mismos vendimos nuestra victoria.
Les recordaré que, en aquel periodo, en 1990 —quizá la gente ya no lo recuerde—, al frente de la Federación Rusa se encontraban a veces figuras que despreciaban y vilipendiaban la grandeza de los veteranos, que intentaban reducir a la nada nuestra Gran Guerra. Estaban de acuerdo con equiparar el comunismo al nazismo, algo en lo que insistía la Unión Europea. Esos traidores nos gobernaban y fueron precisamente ellos quienes formaron esa élite que aún se mantiene, en parte, en los altos cargos actuales. Fue un período terrible, en el que nos arrebataron los frutos de nuestra victoria y estuvieron a punto de prohibirnos dicha festividad.
Cuando Putin llegó al poder hace 26 años, comenzó a rescatar poco a poco esta festividad. Los frutos de la victoria fueron mucho más difíciles de rescatar, porque nosotros mismos renunciamos a ellos —precisamente en el año 1991, con la disolución de la Unión Soviética. Entregamos voluntariamente los frutos de nuestra gran victoria, mancillando el honor de nuestro Estado, de nuestro poder y de nuestra sociedad. Tanto Gorbachov como Yeltsin, y todos los que los rodeaban, todos y cada uno de ellos, mancillaron su honor con una traición increíble.
Por eso, esta festividad se volvió muy amarga. Putin intentó salvarla. Al principio, empezamos a celebrarla con cada vez más seguridad. Pero luego nos lo pensamos: ¿por qué nos centramos solo en la festividad?, ¿por qué solo en el pasado?, ¿por qué solo en el «Regimiento Inmortal» de aquella época? Al fin y al cabo, la amenaza sigue cerniéndose sobre nuestro país en la actualidad.
Y entonces comenzó la Operación Militar Especial. Respiramos hondo. Y nos dimos cuenta —nuestro pueblo se dio cuenta— de que la Victoria no es solo cosa del pasado, sino también nuestro deber en el presente. Emprendimos el camino para recuperar los frutos robados de la Gran Victoria de 1945. Desde el año catorce hemos dado un paso concreto en esta dirección, y cuando comenzó la Operación Militar Especial, simplemente nos encaminamos ya por la senda directa hacia la restauración de nuestra dignidad histórica. Empezamos a afirmarnos como un Estado-civilización independiente, como un auténtico polo de un mundo multipolar, y tras ello nos topamos con una resistencia increíble.
Incluso creo que muchos no sospechaban lo difícil que sería ganar esta guerra en la que nos hemos embarcado. Entendemos lo duro que fue luchar durante esos cinco años, de 1941 a 1945. Pero, en realidad, nos hemos enfrentado a algo de lo que, me parece, aún no somos plenamente conscientes. Si ahora no ganamos nuestra Guerra Patria, que libramos contra las fuerzas del Occidente colectivo, ya no se hablará ni siquiera de la Victoria de 1945, sino de la existencia misma de Rusia en la historia.
Nuestra existencia en la historia, nuestra soberanía, nuestro Estado, nuestra independencia, nuestra libertad y nuestra civilización vuelven a estar en entredicho. Están en entredicho con la misma intensidad que en los años 1941, 1942 o 1943. A grandes rasgos, todavía no hemos dado un giro decisivo a esta guerra. En los últimos cuatro años ni siquiera nos hemos acercado a la plena consecución de los objetivos que se fijaron al inicio de la Operación Militar Especial.
Y si ampliamos aún más nuestra perspectiva, veremos que el espacio postsoviético, que forma parte de la integración euroasiática, más bien se nos escapa, se aleja y se distanciar, en lugar de acercarse e integrarse. Hablando en serio... No se puede hablar así, claro está: cuando hay una guerra, hay que mantener siempre en alto el ánimo de la lucha. Es cierto, es lo correcto. Pero a veces hay que hacer una «reality check», contrastar la realidad y comprender qué necesitamos ahora para que la Victoria sea nuestra Victoria, para que defendamos su santidad.
Miren, ya estamos pagando por ella con sangre. Detrás de mí hay un retrato de mi hija, condecorada póstumamente con la Orden del Valor por Rusia en esta guerra, en nuestra Guerra Patria. Y no son solo palabras, no son solo fotografías que llevamos al Regimiento Inmortal: es nuestro dolor. Y si ahora no somos capaces de unirnos de verdad y cambiar el rumbo de la durísima guerra en la que nos encontramos... Esta guerra ha resultado ser, saben, creo que quizá no menos difícil que la Gran Guerra Patria. Las víctimas son incomparables, por supuesto, pero esto dista mucho de ser una operación técnica.
Es más, no hay perspectivas de que termine en un futuro próximo. Occidente se prepara para un ataque frontal contra nosotros en la región de Kaliningrado y en otras direcciones. Las sanciones, la lucha contra nuestra flota, las provocaciones directas a todos los niveles en el aire, los ataques contra nuestras instalaciones energéticas y estratégicas: todo esto no hace más que intensificarse. Y, por supuesto, hay que dar una respuesta muy decidida a todo esto.
Me parece que fue precisamente este sentimiento de profunda inquietud histórica el que tiñó las celebraciones del 9 de mayo de este año. Aquella Victoria del pasado ya ha encontrado su lugar en la historia. Pero si no logramos nuestra victoria actual, si nuestra guerra no termina en triunfo —por difícil que sea, por duro que sea—, podemos perder también aquella Victoria anterior. En esto consiste la trágica y sangrienta vida de la historia: no hay victorias logradas de una vez por todas.
Basta con que te relajes, te distraigas con algo o creas que eso fue la última vez y que a partir de ahora llegará una era de paz y concordia, para que una nueva guerra te cubra con su ola cruel. Es inevitable. Por eso, cada generación debe crecer y formarse con la disposición de traer a su pueblo, a su nación y a su civilización una nueva victoria. No tenemos derecho a olvidarlo.
Presentador: Usted ha dicho «dar un giro». ¿Significa eso que estamos retrocediendo en algo? Y, al emplear este verbo, no me refiero en absoluto a cuestiones territoriales. ¿Significa eso que, en algún aspecto, estamos retrocediendo, ya que ha surgido la necesidad precisamente de «dar un giro» a la situación?
Alexander Dugin: Sabe, en sentido estricto no estamos retrocediendo ni cediendo, pero no avanzamos con la intensidad necesaria y no alcanzamos los resultados que, según toda la lógica de la guerra —tanto la antigua como la nueva y la ultramoderna—, deberíamos haber alcanzado. Hemos llegado a la frontera, y no se trata de una cuestión de conquistas territoriales, sino de la dinámica de la guerra. No nos estamos quedando atrás en cuanto a indicadores formales, que no existen; nos estamos quedando atrás respecto a nosotros mismos. Nos estamos quedando atrás respecto a lo que deberíamos haber hecho antes, mucho antes, pero lo posponemos todo el tiempo.
Trazamos «líneas rojas», las traspasan, y trazamos otras nuevas una y otra vez. Nos comportamos de forma ética, coherente y dispuesta al diálogo. Pero la naturaleza de nuestro adversario es otra: él no valora en absoluto esto y percibe nuestra moderación como debilidad e indecisión. Y al pueblo le surgen preguntas: «¿Y por qué no hacemos esto, y esto, y esto otro?». Para todo, seguramente, hay sus razones y consideraciones estratégicas, entendibles únicamente para nuestros lideres. Pero estas preguntas, tanto en la sociedad como en el frente —y yo estoy en contacto constante con los combatientes—, suenan extremadamente preocupantes.
No quiero, en las circunstancias actuales, hacer referencia a nadie, para no romper el frágil equilibrio entre nuestra propaganda político-militar y la situación real. Estoy de acuerdo con esta propaganda y con su necesidad. Todo esto es cierto: la guerra es algo cruel, exige acciones que en la vida cotidiana son inaceptables.
Sin embargo, observo —para mi gran pesar, y esto me genera inquietud— cómo crece la distancia entre lo que tienen en mente nuestras élites y lo que ocurre entre el pueblo y en la sociedad. Por supuesto, hay muchos factores externos: intentan dividirnos, existen tecnologías de red que hacen una montaña de un grano de arena, convierten una acción privada en una catástrofe y distorsionan las proporciones de lo que está sucediendo. Nos encontramos en una guerra digital. Pero, en mi opinión, precisamente por eso, la unidad y la solidaridad entre la sociedad, el pueblo y el poder deben reforzarse ahora al máximo por parte de las autoridades.
Cuando vemos a personas que se hicieron poderosas en 1990... ahora quizá ya no sean así, pero llevan esa marca. A veces ocultan sus rostros, pero a estos personajes se les reconoce a un kilómetro de distancia: tienen ciertos rasgos, se les lee en la frente, hay una característica fisonómica específica en sus ojos. Son personas de 1990 y eso no se les quita de encima. Algunos, por supuesto, pueden transformarse, pero aquellos que llegaron con Yeltsin, se infiltraron, obtuvieron cargos e hicieron carrera llevando a la desintegración del país, con la mentira absoluta y con la traición a nuestra Victoria —cuando dirigen los procesos informativos o políticos, uno comprende: esto no puede ser así.
Y surge el deseo natural de contraponer la época de la traición y la época de Putin: el intento de restaurar nuestra dignidad histórica, de resucitar nuestra soberanía. Es un intento grandioso, sagrado. La voluntad de Putin de resucitar Rusia es algo verdaderamente maravilloso, mágico, divino. Y el pueblo está absolutamente preparado para ello.
Pero hay algo que nadie entiende: ¿por qué tan lento? ¿Por qué esperamos? ¿Por qué no se toman las decisiones que hace tiempo que maduraron, por qué estamos dando largas? Y esta sensación de que estamos dando largas... impregnaba también las celebraciones actuales, nuestro memorial en recuerdo de la Gran Victoria. «¿Por qué estamos dando largas al asunto?»: leí esta pregunta en los ojos de decenas de millones de nuestros compatriotas que veían el desfile. Entendemos y rendimos honor y alabanza a nuestros antepasados, pero ahora se trata de nuestra victoria. ¿Dónde está, nuestra victoria? ¿Dónde está el avance hacia ella con ese ritmo que ansía el pueblo ruso, que exige la sociedad rusa y la propia historia rusa?
Presentador: ¿Y qué decisión espera usted ante todo? Bueno, si mañana apareciera algún decreto o, no sé, se formalizara de alguna otra manera esta decisión, ¿qué le gustaría o qué considera especialmente necesario en este momento?
Alexander Dugin: Sabe, no soy especialista en cuestiones militares. Simplemente me encuentro inmerso en la reflexión intelectual sobre esta guerra desde el punto de vista de aquellas personas que se encuentran en primera línea. Y todos esperan. El ejército espera, el pueblo espera, la sociedad espera la destrucción del liderazgo político-militar de Ucrania, ataques contra los cuarteles generales y los centros de toma de decisiones por cualquier medio eficaz. En general, simplemente por cualquier medio.
Esperan la destrucción de la estructura, la infraestructura, la logística y las vías de suministro de armamento desde Occidente, independientemente de lo que vaya por esas arterias de transporte y de los intereses que podamos afectar. Aquí hay que actuar con determinación. La guerra es la guerra. Nos encontramos en una situación crítica. Y sí, por supuesto, esperamos que nuestra estrategia militar se adapte a los nuevos retos.
No se trata solo de una cuestión de cantidad de drones. Ahora mismo hemos fabricado suficientes, pero surge la cuestión de la calidad, porque nuestro enemigo mejora sin descanso, día tras día, segundo a segundo, sus capacidades tecnológicas con el respaldo de todo Occidente. Y nuestros drones, que hemos fabricado en cantidades ingentes, pueden pasar de ser un arma temible a simples planeadores infantiles de la noche a la mañana. Es necesario mantener el ritmo y la tecnología de la guerra.
Hay que aprovechar las soluciones de nuestra gente, y nuestro pueblo es bastante ingenioso. Hay ingenieros, creadores y entusiastas que diseñan estos modelos, desmontan los drones del enemigo y sacan conclusiones cada día sobre cómo cambia la guerra ante nuestros ojos. Y nosotros respondemos con una lentitud increíble. Las decisiones deben tomarse precisamente en esta línea: velocidad, ritmo, eficacia, simplemente una comprensión adecuada de la situación. Infligir al enemigo un daño incompatible con la existencia de esta entidad política —Ucrania—, destruir la logística de los suministros occidentales de inmediato, ahora mismo. No como respuesta a algo, sino simplemente hacerlo y ya. Se ha acabado el tiempo de la tregua condicional, que, por cierto, nunca existió. Esto es precisamente la voz clamorosa de nuestro pueblo.
Presentador: Continuamos la conversación y, en la segunda parte del programa, hablaremos de lo que nos espera en un futuro próximo —en una perspectiva de meses, o quizá incluso de semanas—. Ahora, como sabemos, ha llegado a Kiev, en una visita totalmente inesperada y no anunciada, el ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius. Por experiencia sabemos que, tras este tipo de visitas, suele gestarse alguna aventura y así ha sido ya en más de una ocasión. Se informa de que el tema principal de las negociaciones será la ampliación de la cooperación en el ámbito de la industria de defensa, en particular el desarrollo conjunto de sistemas no tripulados avanzados de «todos los radios de acción» y la creación de nuevas empresas conjuntas. Pistorius habla abiertamente de su deseo de utilizar la experiencia de combate ucraniana para perfeccionar las tecnologías alemanas, especialmente en el ámbito de los «ataques en profundidad». ¿Qué nos espera en un futuro próximo en relación con esta visita?
Alexander Dugin: Nos espera en un futuro próximo una guerra que nos esperaba ayer, que nos espera hoy y que nos espera mañana. Y esto es algo muy importante y duradero, porque tras Ucrania se perfila un vector cada vez más coherente y preparado, que eleva el nivel de tensión y agresión del Occidente colectivo.
Sí, Trump y los EE. UU. no desempeñan ahora el papel principal en esto, a diferencia de lo que hacían Biden y su anterior administración, que fueron precisamente los participantes más activos en la confrontación. Trump se ha centrado en Irán, en Venezuela, en Cuba. Es evidente que no considera a Rusia como el enemigo número uno. Para él es más importante la confrontación con China, es más importante ayudar a Netanyahu en Oriente Próximo a exterminar todas las fuerzas soberanas que podrían detener la expansión de Israel. A Trump le interesa la «doctrina Monroe», que sostiene que América debe ser para los estadounidenses, y eso significa para los EE. UU.
Pero él forma parte de ese cuerpo colectivo occidental unificado, él dirige el principal país de la OTAN. Sin la participación plena de EE. UU. en la guerra contra nosotros, ni la propia Unión Europea y mucho menos Ucrania habrían podido resistir tanto tiempo y con tanta tenacidad. No hay que olvidar: a pesar de la actual distensión lineal en las relaciones con Washington, esto no saca en absoluto a EE. UU. de la OTAN. Trump ha tenido muchas formas de poner fin de verdad a este conflicto o, al menos, de salir de él, pero no hace ni lo uno ni lo otro. Por lo tanto, hay que prepararse para la guerra con todo el Occidente colectivo.
Y la visita de Pistorius significa que Alemania desempeñará un papel directo en esto. Y yo creo que todo comenzará en Kaliningrado. Parece que se perfila un bloqueo del Báltico y, en realidad, debemos prepararnos para la siguiente ronda de la escalada.
Fíjense: aquí está Pistorius, que ha llegado a Kiev. Si no estuvieran allí ahora algunas de las personas a las que ha ido a visitar, o si no existieran ciertos territorios y lugares, no habría ningún sitio al que ir, nadie con quien reunirse ni nada de qué hablar. Sí, eso también sería una escalada, pero nosotros no lo hacemos, lo que significa que lo harán ellos.
Da la impresión de que nos negamos a creer en lo evidente. Recuerdo que antes los historiadores se preguntaban: ¿por qué Stalin creyó a Hitler? Al fin y al cabo, Hitler era traicionero, no cumplía sus promesas. Sí, le prometió a Stalin repartir Europa del Este y el Báltico y Stalin, seguramente, le creyó. Los historiadores se preguntan: ¿cómo fue posible? A él le llegaban informes de que Hitler preparaba una agresión, de que sería sin declaración de guerra, traicionera. Pero Pistorius, Merz... estos no son Hitler, o tomemos a Macron y Starmer... ¿son acaso personas que responden por sus palabras?
No, son personas que no tienen en cuenta la opinión pública. Son personas que han instaurado en sus sociedades regímenes de facto totalitarios y ahora intentan movilizar a la población para la guerra contra Rusia.
Europa tiene 400 millones de habitantes. Ahora parece que están desorganizados, que allí solo hay migrantes y miembros de movimientos prohibidos en Rusia, pero se trata de una masa enorme. Se puede reírse de ellos, pero recordad: al comienzo de la Gran Guerra Patria, nosotros también teníamos canciones populares alarmistas: «¡Atención, atención! Alemania viene hacia nosotros, con horcas, con palas, con mujeres jorobadas». Pero no vinieron mujeres jorobadas con horcas, sino columnas de acero de tanques alemanes y una infantería motivada. ¿Y a qué precio nos costó vencer a esa fuerza real?
Ahora volvemos a decir: «Venga ya, Europa no es esa». Solo se convertirá en «esa» de verdad cuando lo demostremos. Y mientras tanto, preparémonos de verdad para una guerra a gran escala contra todo el Occidente colectivo, incluidos los EE. UU., pues no hay garantías de que no se unan. La reestructuración de nuestra sociedad en aras de la victoria es la única forma de evitar una gran guerra. Cuando el enemigo vea que Kiev ya no existe, que Zelenski ya no existe, que no hay liderazgo político, y que utilizamos todo lo necesario para alcanzar nuestros objetivos, sin mirar atrás a la «opinión pública» ni a los traidores, solo entonces se retirará. Nos enfrentamos a enemigos que solo entienden la fuerza.
Y la visita de Pistorius es un eslabón más en la interminable cadena de actos traicioneros, agresivos y amenazantes contra nosotros. Ni siquiera digo que se pudiera haber eliminado al mismo Pistorius. Vale, has venido a visitar a nuestros enemigos... Pero se podría haber hecho lo posible para que esta visita simplemente no se celebrara, porque no habría nadie con quien reunirse.
Y nosotros decimos: «No, eso no se puede, bajo ningún concepto, nosotros no somos así». Sabéis, claro que no somos así. Luchamos por la verdad, por el honor, por la dignidad, por la vida y por las personas. Sí, nosotros no somos así, ¡pero ellos sí lo son! Y con nuestro hipnotismo —ya sabes, que somos buenos, amables y cumplimos nuestra palabra— no les convencemos demasiado para que se parezcan a nosotros. A la opinión pública quizá esto le cause impresión, pero ahora hay una guerra, y la guerra exige medidas extraordinarias.
Me parece que nos hemos demorado demasiado con este «nosotros no somos así». Vale, no somos así... ¡Pero aún no sabéis cómo somos en realidad! Demos una muestra de nosotros mismos, demostremos lo que podemos hacer, porque ha llegado el momento. La visita de Pistorius es otra gota más. ¿Cuánto tiempo más hay que esperar? ¿Por qué no han iniciado todavía una invasión militar sistemática, por ejemplo, en Kaliningrado? Aunque ya hablan de ello, están formando ejércitos y preparando a su sociedad para la guerra con Rusia. No lo ocultan. En Alemania, por cierto, este año se aprobaron leyes sobre la movilización. Ahí lo tienen.
Es decir, en otoño de 2026 se llevará a cabo una movilización en Alemania. Se ha aprobado una ley sobre el servicio militar obligatorio en EE. UU. Formalmente es para la guerra con Irán, pero quién sabe a dónde irán y serán movilizados estas tropas. Y no emprenden esta última acción decisiva simplemente porque se están preparando. Consideran que ahora es prematuro.
Y nosotros nos quedamos esperando a que alcancen ese nivel de conciencia en el que piensen: «Ahora es el momento perfecto, ahora se puede». Y es totalmente obvio: cuando decidan que ha llegado la hora, calcularán todos los factores, incluyendo que nosotros no estaremos en nuestra mejor forma para ese momento. Por eso, la cuestión del tiempo es clave. Existe incluso toda una filosofía al respecto, que domina en Silicon Valley, que comparte el vicepresidente de EE. UU. J. D. Vance y en la que se involucran de lleno las estructuras militares del Pentágono y la OTAN. Se llama aceleracionismo.
Es una filosofía —una filosofía en toda regla— que sostiene que lo que lo decide todo no es la fuerza ni siquiera la determinación, sino el tiempo y la velocidad. Si hay una aceleración de los avances técnicos y de los procesos políticos y militares, quien sea más rápido, ese es el que ganará. Si hablamos brevemente de la filosofía del aceleracionismo —y ahí también está la filosofía de la dromocracia, el poder mediante la velocidad de Paul Virilio—, se trata de todo un pensamiento filosófico. Y este pensamiento está en acción. Nuestros adversarios se enfrentan al tiempo: miden el tiempo como poder.
Y cuando se dan cuenta de que nos demoramos, de que no nos decidimos a hacer algo cuando es necesario, de que lo hacemos más tarde —cuando lo posponemos—, surge una especie de procrastinación en el ámbito político-militar y diplomático. La procrastinación es cuando no nos apetece hacer algo desagradable hoy y lo posponemos para mañana. Es algo muy peligroso en unas circunstancias en las que el enemigo ha decidido luchar contra nosotros a fondo y, por sí mismo, no va a renunciar a ello de ninguna manera. Al contrario, el enemigo lo mide todo en función del tiempo.
Cuando alguno de nuestros políticos o funcionarios dice: «Venga ya, esto provocaría reacciones demasiado fuertes», y pospone la decisión para más adelante, está haciendo el juego al enemigo. Eso ya es sabotaje. Quien no comprenda cómo hay que trabajar con el tiempo puede causar un daño incalculable a la planificación, a la toma de decisiones y, en última instancia, a nuestra Victoria —la Victoria necesaria de un gran pueblo y un gran Estado—. Por eso, por cierto, quienes han despertado dentro del poder hablan cada vez más del futuro, de las perspectivas, de lo nuevo y de los cambios.
Incluso he oído una palabra así en el ámbito de las élites: «disrupt». Una palabra maravillosa, pronunciada por una persona muy responsable, cercana a nuestros lideres. Me explico: «disrupt» significa interrupción, ruptura de la inercia.
La cuestión es que, si seguimos avanzando por inercia tal y como lo hacemos ahora, inevitablemente y en breve llegaremos a resultados muy lamentables. Es necesario romper esa inercia. Ese es precisamente el concepto de «disrupt». Debemos romper el ciclo de procrastinación en la gestión de nuestras relaciones con el Occidente colectivo y, naturalmente, con nuestro adversario directo: Ucrania. Es necesario romper la inercia, es necesario cambiar la actitud hacia el ritmo de los acontecimientos, hacia el ritmo de las decisiones y su implementación.
Estamos perdiendo tiempo. Y no lo perdemos en todos los sentidos a la vez, sino precisamente en la aceleración. Si hoy hacemos lo mismo que hicimos ayer, y ayer eso daba resultados, hoy puede que ya no los dé. En «el otro extremo» no nos enfrentamos simplemente a una inercia cualquiera. Allí hay un sujeto muy deshumanizado, cada vez más agresivo y acelerado, decidido a destruirnos. Y si hacemos lo mismo que ayer, ya estamos perdiendo. Hoy debemos hacer lo que hay que hacer hoy, y prepararnos para dar un salto, un brinco, una voltereta, romper con la gradualidad mañana: eso es la disrupción.
Es decir, se suspenden las vacaciones, se suspende el disfrute del buen tiempo, se suspende esa relajación de mayo y verano. Comienza la movilización. Y no me refiero ahora a una movilización militar directa.
Me parece que ahora las guerras son completamente diferentes. Se puede prescindir de eso. Si es necesario, se puede recurrir a ello, pero solo no para acabar con la vida de muchos de nuestros compatriotas sin sentido, sin lograr ningún resultado. Debe haber un resultado. Y este no siempre se mide por la cantidad directa. Las guerras de hoy en día consideran la cantidad solo como uno de los factores y no como el principal.
Un ejército pequeño puede vencer a uno grande. Fíjense en la proporción entre la población israelí y la población islámica y árabe. ¿Cuántos iraníes hay y qué hacen los israelíes? Destruyen impunemente a todo el mundo, dan en el blanco con precisión. Son pocos, pero actúan de forma muy coordinada. Y precisamente ellos no duermen. Me parece que en el Mossad, al igual que en la CIA, cada día se celebra una sesión en la que personas de alto rango, junto con intelectuales, programadores, técnicos y directivos, dicen: «Hagamos un disrupt». Hoy, digamos, 11 de mayo, nos reunimos y decidimos qué disrupción vamos a llevar a cabo hoy, porque dentro de dos o tres días tendremos la siguiente sesión y volveremos a definir nuestro avance.
Y nosotros vivimos de imágenes del pasado. Es como si hubiéramos decidido algo hace siete años, aprobáramos algún decreto que prohibiera fabricar piezas sin permiso de las autoridades, y ya está, nos quedamos paralizados. Siguen vigentes unas instrucciones que vienen de la época soviética que siguen determinando nuestra vida.
Un general de alto rango me contó que, en el Ministerio del Interior, hace unos diez años, se destinaban 40 kopecas al día para la comida de cada perro. Y cuando empezaron a investigar, resultó que esa decisión era de la época de Shchelokov, es decir, de la época del «período neandertal». En aquella época, con 40 kopeks se podía alimentar perfectamente a un perro de combate, pero ¿cómo se hace eso ahora? Y esto seguía vigente en las instrucciones hasta hace muy poco, era imposible derogarlo.
Y así es todo aquí, como con esos «cuarenta kopeks». Y entonces llegó este general y provocó una ruptura. Dijo: «No cometeré un delito en el ejercicio de mis funciones. Alimentaré a los perros con carne normal por iniciativa propia —y de dónde la consiga, eso ya no es asunto vuestro— en contra de este reglamento, mientras este reglamento idiota siga vigente. ¡Cambiémoslo! Despertemos, adaptemos la legislación a las exigencias de la época, a los precios de la carne y a la vida de los perros». Intentaban alimentarlos con carne podrida: lo que podría llevarlos a la muerte.
Por eso, incluso en casos tan primitivos, nos encontramos ante un abismo. Es una procrastinación institucional. Las instituciones estatales son incapaces de hacer frente a los retos de nuestro tiempo. Se observa una actitud totalmente inadecuada ante el tiempo: todo se ralentiza, todo es como en un sueño. Es como si intentáramos correr con el agua hasta el pecho, mientras que todos los demás ya han salido de allí hace tiempo y están volando. Eso es precisamente la disrupción: a nuestra sociedad se le ha dado ahora la última oportunidad para llevar a cabo este avance en todos los ámbitos: disrupción en el funcionamiento de los ministerios y organismos, en el mando militar, en la información, en la actitud hacia la cultura y la educación; en todos los ámbitos se han madurado cambios increíblemente importantes.
Por cierto, estaba pensando en cómo llamarlas, porque la palabra «reformas» ya me da mala espina. Una reforma, en primer lugar, no tiene sentido y, en segundo lugar, supone un cambio de forma. ¿Qué formas? Da miedo imaginar qué saldrá de la mano de esas personas que ahora están ahí arriba ideando cosas.
Debe más bien sentarse una nueva base. Existe un concepto latino, refundatio, que significa «refundación». Necesitamos reiniciar nuestra sociedad, nuestra estatalidad, nuestro sistema político. No solo conservarlo y retocarlo superficialmente, sino precisamente reiniciarlo. Para ello existen todas las condiciones: un magnífico poder supremo en la figura del presidente, en quien el pueblo confía de verdad. Lo hace todo bien.
Pero la velocidad a la que avanzamos hacia esos objetivos es sencillamente fatal. Es desalentadora. Objetivos correctos, orientaciones correctas, un presidente correcto, un pueblo correcto, una historia correcta: todo va bien con nosotros. Si no fuera por lo que en los cuentos rusos se llama «el sueño del héroe». Todos dicen: «Oh, duerme el sueño del héroe», es decir, duerme bien. —¡No! Se trataba de un hechizo oscuro lanzado por las fuerzas malignas que sumían al héroe en el sueño precisamente cuando era el momento de luchar contra el dragón, contra la serpiente, de liberar a la princesa. Y él duerme. ¿Y cómo duerme? Profundamente. El sueño de los héroes es un sueño enfermizo, es una patología, una terrible maldición y un hechizo oscuro. Nuestra sociedad duerme este sueño. Más bien, ni siquiera la sociedad —la sociedad se está despertando poco a poco.
Pero hay una parte de la élite... Da la impresión de que los emisores de esas fuerzas oscuras del Infierno están dirigidos hacia ellos, con tal de que sigan haciendo lo que hacen. Porque, aunque ayer fuera un éxito, y anteayer fuera incluso genial, cuando repites lo mismo por tercera o cuarta vez, sin adaptarte a los cambios del entorno, del mundo y del tiempo, se vuelve fatal. Ni siquiera hace falta socavar o sabotear nada: basta con hacer lo que se hacía antes y todo se desmoronará como es lógico. El mundo cambia, la gente cambia, cambian los significados y las tecnologías.
En Silicon Valley ahora contratan a filósofos para desarrollar inteligencia artificial y despiden a los programadores —los modelos pueden hacer eso por sí mismos—. Pero una máquina aún no es capaz de pensar filosóficamente y quizá nunca lo sea. Necesitamos precisamente una filosofía del tiempo, una nueva filosofía del futuro, un nuevo avance. Y no como antes, cuando se dice: «Llamemos a los filósofos contemporáneos». Porque llamarán a personas que viven con la mentalidad de «cuarenta kopecas por perro», que se formaron en la época de Shchelokov. Vendrán y dirán algo, quizá acertado, pero ya sin sentido.
Se necesita una nueva idea y un nuevo refundamiento de todo, un reinicio del sistema y una reconstitución de nuestra esencia política. De todos nosotros: desde el poder (excepto el Supremo, cuya continuidad es precisamente valiosa) hasta el pueblo, que es eterno. La eternidad del poder y la eternidad del pueblo deben unirse mediante una idea completamente nueva.
Aleksandr Duguin
Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera