
La semana pasada Ibrahim Traoré anunció la repatriación de cientos de jóvenes enviados a estudiar la ley islámica a países árabes. Pronunció un discurso en la región de Yaadga y amenazó con retirar la ciudadanía a quienes se negaran a regresar.
Traoré nació en la región de Hauts-Bassins, una zona predominantemente musulmana, y fue miembro de la Asociación de Estudiantes Musulmanes durante sus estudios en la Universidad de Uagadugú.
Lo que distingue al presidente burkinés no es tanto su religiosidad personal sino el tratamiento poítico de los asuntos religiosos. Su postura sigue siendo decididamente laica: la Carta de Transición garantiza la igualdad de derechos independientemente de la afiliación religiosa. Reafirmó esta posición afirmando que el Estado no lucha contra “una religión, sino contra el extremismo”.
El núcleo del argumento presidencial gira en torno a la financiación y el reclutamiento de terroristas. Dirigiéndose a las principales dirigentes del país, Traoré declaró que la retórica extremista constituye una de las principales causas del terrorismo en Burkina Faso.
Asimismo, acusó a potencias extranjeras de intentar instrumentalizar la religión, en particular el islam, para desestabilizar el país.
El jefe de Estado denunció la existencia de una minoría de predicadores que promueven el extremismo y mencionó posibles medidas contra algunos de ellos, al tiempo que anunció apoyo financiero para los imanes que considera portadores de un mensaje de paz.
El anuncio de la repatriación de estudiantes formados en la ley islámica en el extranjero sigue esta misma política, presentada como una forma de poner fin a programas considerados opacos.
El tercer tema del discurso presidencial trasciende el ámbito estrictamente religioso. Traoré defiende una postura panafricanista donde la protección de la cultura africana tiene prioridad sobre la afiliación religiosa. El islam, practicado por aproximadamente el 61 por cien de la población burkinesa según datos publicados por el Eastern Herald, se presenta como un componente de la identidad nacional que debe preservarse de la injerencia externa, ya sea del mundo árabe o de las potencias occidentales.
Traoré recordó la esclavitud practicada por las potencias árabe-musulmanas en África, invocado por el presidente para justificar su desconfianza hacia ciertos programas de formación religiosa en el extranjero. En sus discursos, la religión debe seguir siendo un vehículo de cohesión nacional, no un instrumento de dominación externa, cualquiera que sea su origen.


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