
Aunque el tráfico marítimo en el Estrecho de Ormuz se reanude mañana, los efectos de la guerra en Oriente Medio seguirían repercutiendo en la economía mundial durante mucho tiempo. La crisis energética será persistente.
El fin de las hostilidades no garantiza un retorno a la normalidad. En 1967 la guerra entre Israel y Egipto duró solo seis días, pero el Canal de Suez permaneció bloqueado durante ocho años.
Estados Unidos necesita firmar la paz rápidamente porque sus reservas estratégicas de combustibles han bajado hasta niveles no conocidos desde agosto de 1983. No son inagotables. Algunas de ellas se han liberado para mitigar el aumento vertiginoso de los precios.
Una caída por debajo de los niveles actuales reduciría el poco margen de maniobra que le queda a Trump para gestionar la crisis en el futuro. El agotamiento de sus reservas aumenta la presión para firmar un compromiso con Irán.
Sea cual sea el resultado de las negociaciones, es probable que el Estrecho de Ormuz no recupere de inmediato sus niveles de tráfico habituales, lo que seguirá limitando el flujo de materias primas. Para intentar cruzar, la mayoría de los armadores necesitarán garantías sólidas, mientras que 500 buques permanecen atrapados en sus aguas.
Para la reanudación normal de las actividades, es esencial un alto el fuego estable acordado por ambas partes, así como el establecimiento de una ruta marítima segura y libre de minas.
La Agencia Internacional de Energía (AIE) advierte que se necesitarían varios meses para reiniciar, o incluso reparar, las instalaciones energéticas paralizadas. Muchas empresas del sector se están preparando para la posibilidad de que los riesgos persistan incluso después de la resolución de la guerra. Emiratos Árabes Unidos, por ejemplo, ha acelerado la construcción de un nuevo oleoducto para rodear el Estrecho.
Para la economía, el daño ya está hecho. El crecimiento mundial se ha ralentizado. Se prevé que este año alcance solo el 2,5 por cien, la tasa más baja desde 2020 y la recesión provocada por los confinamientos.
Hasta ahora se ha evitado lo peor, en gran medida gracias a China. Al recurrir a sus reservas, Pekín ha reducido significativamente sus importaciones en unos 4 millones de barriles diarios, equivalente al consumo combinado de Francia y Alemania, lo que ha permitido que el resto del mundo no se ahogue en medio de la crisis.
Sin embargo, el jueves el Banco Central Europeo subió los tipos de interés por primera vez desde 2023, lo que puede agudizar la recesión. La pregunta ahora es si volverá a subir los tipos en julio, dado que sus previsiones son que la eurozona crezca solo un 0,8 por cien este año.
El Deutsche Bank calcula un crecimiento del 0,5 por cien en la zona euro, lo que parece un ejercicio desaforado de optimismo.
Una Europa en franco declive
Por su parte, la inflación, registrada en el 3,2 por cien en mayo, está muy por encima del objetivo del 2 por cien. El aumento vertiginoso de los precios de la energía amenaza con empeorar la situación económica, erosionando seriamente el poder adquisitivo de los europeos, especialmente de los trabajadores, cuyos salarios apenas han aumentado en los últimos meses.
La situación es aún peor en los países emergentes. Para ellos, el Banco Mundial habla de una “década perdida” debido a la serie de crisis que padecen desde 2020.
Para empeorar las cosas, varias instituciones internacionales temen ahora un aumento significativo de los precios de los alimentos en los próximos meses. “El cierre del estrecho de Ormuz constituye […] el inicio de una crisis agroalimentaria sistémica que probablemente desencadene una grave crisis alimentaria mundial en un plazo de seis a doce meses”, advirtió la FAO a finales de mayo.
En el peor de los casos, 70 millones de personas más podrían sufrir hambre en el mundo, según el Banco Mundial. Por lo tanto, para gran parte de la población mundial, una resolución rápida y duradera de la guerra en Oriente Medio sería bienvenida.