
Presentador: Comencemos el debate hablando de Irán. Las últimas noticias que aparecen en las agencias de noticias provienen del Ministerio de Asuntos Exteriores de la República Islámica: el portavoz oficial del ministerio, Ismail Baghai, ha declarado que Teherán ya ha formulado su respuesta a las propuestas de los mediadores internacionales para un alto el fuego. Al mismo tiempo, observamos un proceso paralelo: el ultimátum de Donald Trump, cuyo plazo expira literalmente hoy, 6 de abril. El presidente estadounidense, con su estilo característico, amenaza a Irán con «todos los círculos del infierno» si no acepta el acuerdo y no abre el estrecho de Ormuz. ¿Qué está ocurriendo realmente ahora en la vía diplomática entre Washington y Teherán? Al fin y al cabo, hace poco la parte iraní afirmaba que no se estaban llevando a cabo negociaciones y hoy vemos avances evidentes y el debate de un supuesto acuerdo a seguir elaborado con la mediación de Pakistán y China. ¿Cómo valora usted esta situación?
Aleksandr Duguin: Se ha acumulado tanta desinformación en torno a esta guerra que es extremadamente difícil confiar en las declaraciones de cualquiera. Vemos cómo asesinan a los negociadores en pleno proceso y cómo cualquier acuerdo se incumple en el mismo instante. Da la sensación de que con Israel y EE. UU. es igual de difícil no negociar que hacerlo y lo segundo es, quizá, incluso más peligroso. Creo que los iraníes ya se han dado cuenta de ello.
El hecho de que Trump se permitiera publicar un mensaje soez el día de la Pascua occidental demuestra claramente con quién tienen que lidiar exactamente. El día en que los católicos celebraban la resurrección de Cristo, el presidente de EE. UU. escribe que el próximo martes será el día de la destrucción de todos los puentes y sistemas energéticos de Irán. Cito: «Nunca han visto lo que va a pasar el martes». A continuación, viene una exigencia soez de abrir el estrecho y una amenaza directa: «Vosotros, monstruos locos, viviréis en el infierno». Y el colofón final, absolutamente blasfemo: «Dale las gracias a Alá por ello. El presidente Donald Trump».
Esta es una cita textual de su publicación en la red Truth Social. La mayoría de los analistas, incluso los estadounidenses, vieron en ello indicios de un diagnóstico clínico en rápido desarrollo: ningún presidente de EE. UU. en la historia se había permitido hablar así ni con sus enemigos ni con sus aliados. Es un desprecio total tanto hacia su propia religión como hacia los sentimientos de los demás.
Nos enfrentamos a unas condiciones diplomáticas sin precedentes. Ya no existen compromisos, líneas rojas, reglas ni normas. Nos enfrentamos a una agresión dura, soez y absolutamente infernal, en la que ninguna palabra tiene peso.
Alguien dirá, por ejemplo, que está ocurriendo algo extraordinario, pero yo considero que no hay nada fundamentalmente nuevo. Si observamos cómo se comportaban los Estados Unidos con los presidentes anteriores, estos se expresaban de forma diplomática, cortés, respetaban el protocolo y las normas. Por supuesto, el comportamiento actual no tiene precedentes: en la Casa Blanca ha aparecido una especie de «animal». Pero es importante destacar que los estadounidenses siempre se han comportado así. La forma era diferente, pero la esencia permanecía inalterable.
Occidente, encabezado por EE. UU., siempre ha aspirado a reforzar su hegemonía, y cuando esta comenzaba a desvanecerse, la salvaba por cualquier medio: demonizaba a sus oponentes, recurría a la fuerza bruta y lo justificaba a posteriori con argumentos falsos. Trump esencialmente no ha aportado nada nuevo a la política estadounidense. Simplemente ha renunciado al «velo humanitario», al disfraz diplomático. Sus métodos, ultimátums y formas de negociar no difieren en nada de las acciones de sus predecesores, ya sean de derecha o de izquierda.
Trump se dedica a una especie de pornografía política: arranca todos los velos y dice: «Mirad, en realidad todo es así: crudo y cruel». A algunos les gusta, a otros no, pero hemos pasado a un lenguaje duro y descarnado en las relaciones internacionales. Al mismo tiempo, la esencia de la política occidental sigue siendo la misma.
Esperábamos que Trump cambiara este rumbo y se centrara en los problemas internos de Estados Unidos. Pero no lo ha hecho. Los problemas internos crecen como una ola, nada ha mejorado: todo ha empeorado. En política exterior tampoco hay cambios, salvo uno: la forma de presentar sus acciones y, por así decirlo, una honestidad peculiar y aterradora.
Trump es la «honestidad» encarnada del agresor. Lo dice sin rodeos: «Os mataré como a perros. Da igual si tenéis la culpa o no, lo destruiré todo. Lo enrollaré como un cuerno de carnero, lo pisotearé con la bota. Yo seré dueño de vuestro petróleo y os nombraré a los líderes. No sois nadie, sois mis esclavos, y si os resistís, eso significa que sois esclavos rebeldes». Se comporta así con todos, pero, en realidad, así es como se han comportado todos los presidentes estadounidenses de las últimas décadas. Repito, la forma ha cambiado radicalmente, pero la esencia no ha cambiado ni un ápice.
Y esto es lo más peligroso: Trump no ha supuesto nada fundamentalmente nuevo en la historia de Estados Unidos. Sigue la misma política agresiva, hegemónica y estrictamente unipolar que sus predecesores, solo que la presenta de otra manera. De ahí el ultimátum de mañana a Irán. ¿Se propone Trump realmente destruir todo el sistema energético del país? Sabemos que los estadounidenses tienen cierta superioridad aérea, su grado de control es considerable. Esperamos tanto operaciones terrestres en las islas como bombardeos masivos.
Creo que ahora poco depende de las negociaciones. Los iraníes no reconocen la derrota ni se rinden ante la fuerza bruta de un agresor sanguinario; simplemente no pueden hacerlo por su propia naturaleza. Probablemente presentarán su «vigoroso proyecto chií». Los chiítas han tenido que sufrir derrotas materiales en más de una ocasión a lo largo de la historia, pero han sobrevivido en condiciones terribles durante siglos, siendo una minoría perseguida.
Para ellos existe la ética de Kerbala: la disposición a sufrir una derrota terrenal en aras de una gran victoria espiritual, como la de los primeros mártires cristianos. Se trata de una cultura particular del sacrificio y la fortaleza. Y cuando Trump se abalanza sobre esta sociedad con tanta crueldad descarada, no recibe como respuesta el miedo, sino la máxima abnegación y valentía. El heroico pueblo iraní se enfrenta hoy, unido, al mal puro y sin mascaras que viene de Occidente.
Presentador: En el día de la Pascua cristiana occidental, estos mensajes parecen especialmente simbólicos y siniestros. Volvamos a su tesis de que Trump solo ha dejado de lado la cortesía y ha comenzado a comunicarse «con mayor franqueza», sin apartarse de la línea habitual de la política imperial estadounidense. Pero, ¿no le parece que tal franqueza le reduce radicalmente el margen de maniobra? Al fin y al cabo, esa «franqueza» en la diplomacia puede alejar incluso a aquellos socios de EE. UU. que durante décadas han tolerado la hegemonía de Washington, siempre y cuando estuviera envuelta en el discurso suave de sus predecesores. ¿No se está aislando Trump a sí mismo, privándose de la posibilidad de utilizar el «poder blando» que otros presidentes han sabido manejar con tanta maestría?
Aleksandr Duguin: Sin duda, así es. Esa actitud aleja a muchos de él y genera una poderosa ola de oposición. Esto afecta tanto a los demócratas como a una parte significativa de sus antiguos seguidores del movimiento MAGA, que creyeron sinceramente en sus palabras sobre el retorno a los valores tradicionales y el rechazo a las guerras de agresión. Trump aleja hoy de su lado a una enorme cantidad de personas: desde los estadounidenses y europeos de a pie hasta los mismos globalistas.
Es más, fíjense en lo que escriben en las redes los ideólogos neoconservadores: Kristol y Kagan. En esencia, Trump encarna ahora su propio programa: la hegemonía descarada y directa de EE. UU. en su forma más dura. Al fin y al cabo, siempre han querido una guerra con Irán, presionar a Rusia, minimizar el papel de los socios europeos en la OTAN y la agresión en la región del Pacífico. Pero incluso estos teóricos del «puño de hierro» se apartan horrorizados de la forma en que Trump lo está llevando a cabo. Dicen: «Nosotros queríamos esto, pero la forma en que se están llevando a cabo es tan salvaje y burda que desacredita nuestros propios planes».
Es sorprendente: incluso quienes formularon la agenda actual de la Casa Blanca rechazan la barbarie con la que se está llevando a cabo. Yo también me pregunto a menudo: ¿por qué es así? Porque si se comportara de forma un poco más correcta, tranquila y simplemente más decente —al menos dentro de los límites del protocolo diplomático mínimo—, podría evitar un montón de problemas dentro de su propio bando, entre quienes están de su lado de las barricadas.
¿Por qué no lo hace? Creo que la razón radica exclusivamente en la falta de tiempo. Trump aspira a completar una especie de programa global antes de 2028, ignorando cualquier obstáculo. En esencia, sigue una política de aceleracionismo: una teoría filosófica y política de la aceleración artificial del tiempo histórico y social. Simplemente no presta atención a los detalles, se juega el todo por el todo, con los ojos cerrados, se lanza de cabeza a la realización de sus objetivos, sin tener en cuenta la colosal oposición que le rodea por todas partes.
Pero, ¿qué objetivos son esos? Poco a poco se va perfilando en el comportamiento de Trump una cierta lógica, por monstruosa que sea.
El primer punto es el restablecimiento de la influencia de EE. UU., ahora tambaleante, en el hemisferio occidental. Lo vemos en la presión sobre Venezuela y Cuba, en el duro enfrentamiento con México y Colombia. Trump quiere establecer un control físico directo sobre América Latina en el espíritu de una doctrina Monroe renovada, tal y como han declarado abiertamente en su nuevo concepto de seguridad nacional.
El segundo punto es el restablecimiento del control total en Oriente Próximo a través de su representante, Israel. Aquí se puede discutir largo y tendido quién es el verdadero impulsor, si Washington o Tel Aviv, pero el objetivo está claro: destruir los principales polos de soberanía en el mundo islámico. Y el objetivo número uno aquí es Irán. Y el siguiente en la lista es Turquía. La guerra contra este país ya está, de hecho, incluida en sus planes para la siguiente etapa.
A continuación (nos saltamos el tercer punto; ya verán por qué): el cuarto objetivo de la presidencia de Trump en este sentido es la inevitable guerra con China en la región del Pacífico. Para él, Pekín es su competidor más importante. El plan de Trump es sencillo y aterrador: ganar todas las pequeñas guerras previas para, al final de su mandato, desatar una guerra sistémica en toda regla contra China.
Y aquí surge ese tercer punto que se ha omitido: ¿qué hacer con Rusia? Al fin y al cabo, Rusia es también un polo muy poderoso del mundo multipolar. Y aquí se perfila una divergencia fundamental entre Trump y los globalistas. Trump considera que Rusia, por sí sola, no supone un problema fatal para él. Espera que Moscú acabe aceptando las condiciones de EE. UU., por ejemplo, que abra su espacio aéreo a los misiles estadounidenses dirigidos a través del Polo Norte contra China, y que no se entrometa en la fase final de la reorganización mundial.
Si, por el contrario, Rusia se muestra obstinada, se planea «presionarla» desde Europa: provocar una escalada militar en torno a Kaliningrado o intensificar los ataques contra el sector energético y los puertos. Ya estamos viendo estos ataques, detrás de los cuales están claramente los operadores estadounidenses. Trump cree que se nos puede obligar a un estatus de vasallaje, interpretando erróneamente nuestra disposición a negociar como debilidad y capitulación. Si Rusia no se rinde, la presionarán aún más, pero para él esto no es un fin en sí mismo, sino solo la eliminación de un obstáculo.
Para los globalistas y los liberales, por el contrario, Rusia parece el oponente más peligroso, al que hay que destruir en primer lugar. Ahí radica su principal diferencia. Por eso, en la tercera fase, Trump no quiere gastar fuerzas de más: no hace gestos grandilocuentes en apoyo de Ucrania, ya que considera que se encargarán de nosotros de todos modos. Para él, el objetivo principal es China.
Si sumamos los cuatro puntos, se nos presenta una estrategia de preservación radical del mundo unipolar mediante la destrucción de los polos de soberanía: Rusia, Irán y China. Los golpes principales se dirigen contra nuestro prestigio y nuestra independencia, porque los estadounidenses comprenden que, si resistimos y nos fortalecemos, el resto del mundo nos seguirá.
Y aquí, tras este comportamiento aparentemente irracional de Trump, se esconde una lógica perfectamente comprensible. Se trata de una guerra total contra el mundo multipolar, una lucha por la preservación de la hegemonía occidental mediante la destrucción sistemática —precisamente sistemática— de los adversarios. A cada uno de los siguientes en la lista se le hace la falsa promesa de que esto no le afectará. Primero dicen: «No os metáis en los asuntos de Venezuela y Cuba». — Luego: «Nos encargaremos de Irán, a vosotros no os afecta». — A continuación: «Sometemos a Rusia, y vosotros, China, esperad, os respetamos».
La estrategia es sencilla: cuando, de una forma u otra, dejemos de representarnos como una fuerza soberana y de insistir en nuestra subjetividad, Washington se abalanzará con todas sus fuerzas sobre China. Se trata de una política racional, aunque se presente de forma histérica, dura, con un rostro inhumano y una agresividad infernal. Tenemos ante nosotros un plan. Una estrategia detrás de la cual, tal vez, se esconde un Estado aún más profundo que aquel contra el que Trump prometió luchar.
Trump, con su aceleracionismo y su peculiar estilo, no es más que un instrumento de la agonía monstruosa del mundo unipolar. Y esta agonía es extremadamente peligrosa. Muchos de nosotros creíamos que el dominio de Occidente ya era cosa del pasado y que la multipolaridad era un hecho consumado. Pero parece que nos precipitamos, al igual que en su momento lo hizo Fukuyama con su «fin de la historia».
El mundo multipolar aún no ha llegado: ahora mismo se libra una guerra por él. Si resistimos y vencemos, la humanidad se ganará el derecho a un futuro multipolar. Pero hay que ser conscientes de que en esta batalla también tenemos posibilidades de perder.
Presentador: Pregunta de nuestro oyente Alexander: ¿cómo valora la probabilidad de que Donald Trump utilice armas nucleares en el conflicto con Irán? ¿Y a qué se refería concretamente el presidente de EE. UU. cuando prometió a Teherán «un auténtico infierno»?
Aleksandr Duguin: No creo que Trump esté amenazando directamente a Irán con armas nucleares en este momento, aunque no se puede descartar la posibilidad de su uso. Mientras nosotros solo hemos declarado nuestra disposición a realizar ensayos nucleares, EE. UU. ya los ha iniciado activamente, lo que confirma una vez más el ritmo acelerado al que están llevando a cabo su política. Tanto Washington como Israel son técnicamente capaces de dar ese paso, pero, por el momento, el «infierno para Irán» en la visión de Trump se presenta de otra manera.
Se trata, ante todo, de la destrucción total de la infraestructura industrial y logística: puentes, nudos de transporte e instalaciones energéticas de Irán. Esto implica bombardeos masivos, ataques con misiles desde todas las direcciones y, muy probablemente, el inicio de una operación terrestre para desbloquear por la fuerza el estrecho de Ormuz.
Sin embargo, la cuestión del uso de armas nucleares sigue abierta. Si los acontecimientos no siguen el guion estadounidense, en la siguiente fase de la escalada —y su intensidad no hace más que aumentar— podría activarse el arsenal nuclear. No creo que esto vaya a suceder mañana, pero el umbral para el uso de la fuerza se ha reducido peligrosamente.
Presentador: Otra cuestión se refiere a la capacidad técnica de Estados Unidos para mantener un conflicto prolongado. Muchos expertos y analistas ya están calculando el coste de la operación actual: según algunas fuentes, solo en los primeros días el gasto en munición superó los cinco mil quinientos millones de dólares. Hay quien opina que las reservas de ciertos tipos de misiles —como los interceptores Patriot y los proyectiles de alta precisión— se están agotando más rápido de lo que el complejo de defensa es capaz de reponerlas. ¿Hasta qué punto está realmente preparada Estados Unidos para una guerra larga y agotadora, si fracasa la vía diplomática e Irán no responde al ultimátum de Trump? ¿Tendrá Washington recursos suficientes para mantener este ritmo de escalada sin poner en peligro su capacidad de combate en otras regiones?
Aleksandr Duguin: Desde mi punto de vista, técnicamente Estados Unidos está preparado para una guerra prolongada —quizás incluso más larga de lo que a muchos nos parece. A pesar de la «niebla de la guerra», Estados Unidos conserva un colosal potencial de recursos para librar un conflicto a gran escala y de larga duración con Irán. Sin embargo, tal estrategia acarreará inevitablemente graves consecuencias políticas dentro de Estados Unidos.
Vemos cómo crece vertiginosamente el número de opositores a Trump. Para él, una guerra prolongada supone un riesgo enorme, sobre todo teniendo en cuenta las próximas elecciones intermedias al Congreso, que se celebrarán este otoño, el 3 de noviembre. Cualquier prolongación de las hostilidades jugará en su contra en el ámbito interno. Por lo tanto, la preparación técnica de Washington para una guerra prolongada es una cosa y su estabilidad política en condiciones de tal enfrentamiento es otra muy distinta.
Presentador: Hemos analizado en detalle la estrategia global de Donald Trump para su actual mandato. Y esto es lo que llama la atención: justo ahora, en pleno conflicto a gran escala en Oriente Medio, asistimos a una «reorganización» sin precedentes de la cúpula del mando estadounidense. ¿Por qué Trump asume tal riesgo y cambia de caballos a mitad de camino, en plena guerra con Irán? ¿Forma esto parte de ese mismo plan para desmantelar el «Estado profundo» o se esconde aquí otra necesidad puramente militar?
Aleksandr Duguin: Trump tiene en la cúpula de Estados Unidos, especialmente en el ámbito militar, una gran cantidad de adversarios que no están de acuerdo ni con lo que hace ni con cómo lo hace. Entre los militares predominan precisamente los representantes más equilibrados y tranquilos. Pero cuando Trump renombró el Ministerio de Defensa como Ministerio de Guerra y nombró al frente del departamento a Pete Hegset —un sionista cristiano radical, un fanático con ideología de skinhead—, los generales estadounidenses de carrera se estremecieron.
Estas personas han pasado por muchas guerras, tampoco son santos, son globalistas y partidarios del imperialismo estadounidense, pero incluso ellos vieron que algo así nunca había ocurrido. Incluso Joe Kent, el jefe del Departamento de Contraterrorismo que dimitió y que participó personalmente en operaciones estadounidenses en Oriente Medio, se indignó. Ni él ni los generales de alto rango destituidos son oponentes del poderío estadounidense. Al contrario: consideran que las acciones de Trump socavan ese poderío.
Aquí se da la misma situación que con los neoconservadores, de los que hablamos en la primera parte del programa. Trump lleva a cabo su programa, pero los teóricos de este observan con horror los métodos de ejecución. Él intenta consolidar la hegemonía y los militares, que han dedicado su vida al servicio de esa hegemonía, están horrorizados por los métodos y los resultados. Es una actitud generalizada. También es importante que entre los destituidos se encontrara el director del servicio de capellanía: en la Casa Blanca se está produciendo ahora una auténtica orgía desenfrenada de los llamados evangélicos.
Se trata de un grupo de protestantes fundamentalistas extremistas, en su mayoría bautistas y calvinistas, que están convencidos de que vivimos en el fin de los tiempos. Para ellos, la batalla y las acciones militares en torno a Israel significan la segunda venida de aquel a quien llaman Cristo. Por supuesto, esto no tiene nada que ver con nuestro Señor Jesucristo, pero ellos utilizan el mismo nombre. En su modelo, este «Jesucristo protestante» debe llegar casi en platillos volantes para salvar a los «renacidos» —Born Again.
En esta visión dispensacionalista del mundo, los principales enemigos son los iraníes, los musulmanes y los rusos. En la Casa Blanca se están llevando a cabo auténticos rituales: hablan «en lenguas», gritan frases incomprensibles, bendicen frenéticamente a Trump y lo llaman el nuevo mesías. Los cristianos tradicionales —sobre todo los católicos, pero también los protestantes más racionales y sensatos— están horrorizados por lo que ocurre en los pasillos del poder y en el nuevo «Ministerio de la Guerra».
En el lugar de los antiguos funcionarios llegan auténticos maníacos, fanáticos poseídos que chillan y se retuercen histéricamente. Adulan impíamente a Trump, lo deifican y lo llaman la segunda encarnación de Dios. Esto ya no es política ni siquiera religión en el sentido habitual: es una especie de fuerza oscura y extática que se ha apoderado del gobierno de la mayor potencia mundial.
Y, por supuesto, en esta situación, Pete Hegset pretende introducir esta escatología delirante y pseudorreligiosa directamente en el ejército estadounidense. Esto va en contra de toda lógica y psicología de los militares de carrera, que están totalmente en desacuerdo con ello. Precisamente por eso han sido destituidos tanto el jefe del servicio de capellanía, el general de división William «Bill» Green, como los generales de combate, incluido el jefe del Estado Mayor Conjunto, Randy George. No están de acuerdo con Trump, pero para él esto forma parte de su lógica.
Antes presentaba un programa en el que, tras cada reportaje, podía ponerse a bailar con muslos de pollo. Pero hoy, cuando decimos que el mundo lo gobiernan los payasos, ya no se trata solo de comediantes sanguinarios como Zelensky. Han aparecido figuras mucho más temibles. Tras bailar en su «Trump Show» —esa imitación barata y repugnante del «Muppet Show»—, Trump solía terminar el programa con la frase: «You are fired». Y realmente despedía a un empleado de su corporación. Era el colofón: «¡Estás despedido, lárgate!». No importaba que hubieras servido fielmente y hecho todo lo que se te pedía.
Ahora ha trasladado este espectáculo a la Casa Blanca. Si algo no le gusta, «You are fired». Así lo hizo con la fiscal general Pamela Bondy, que era su leal defensora, encubría sus asuntos turbios y mentía sin piedad, provocando el odio generalizado. Hace poco le dijo: «You’re fired, ma’am». Es decir, lárgate. Así mismo trató a Christie Noem y así trata también a los generales de combate. Para él, esto no es más que una prolongación de la pantalla de televisión, donde las personas vivas y el destino de los países no son más que decorados para su interminable espectáculo.
Para Trump, echar a alguien a patadas no es solo un gesto, ni siquiera hace falta un motivo. Puedes serle infinitamente leal, puedes rebajarte ante él y cumplir cualquier capricho, pero en cuanto algo cambia en su mente, pronuncia su inmutable «estás despedido». Así es precisamente como está actuando ahora con los generales de combate en pleno apogeo de la campaña contra Irán, provocando una ola de odio creciente en el seno del ejército.
Sin embargo, la lógica de la que hablábamos al principio se hace cada vez más evidente. Al parecer, la situación real en Occidente es mucho más lamentable de lo que nos parece. Realmente penden de un hilo. Si las instituciones globales de gobierno han entregado el poder a un hombre que actúa de esta manera —de forma precipitada, a la fuerza, ignorando cualquier decoro—, significa que simplemente no les queda otra salida. Ya no hay tiempo para mentiras liberales, para envolturas humanitarias y para discursos sobre los derechos humanos. Trump ya no se anda con rodeos al respecto. Ahora todo se reduce a una sola cosa: «Destruimos todo a nuestro paso, porque nuestro poder se ha tambaleado y estamos obligados a mantenerlo».
Las fuerzas reales que gobiernan Occidente han decidido que ahora se necesita precisamente este tipo de instrumento. Más adelante culparán a Trump de todos los males y le achacarán todos los pecados. Si para entonces él no ha pasado a mejor vida, a él y a su séquito —esos sádicos corruptos como Kushner, Witkoff y otros, a quienes ya no hay dónde ponerles etiquetas— los arrastrarán por los tribunales y las cárceles. Todo su séquito será sometido a un castigo colosal y ejemplar. Pero el objetivo se habrá cumplido: con sus manos intentarán consolidar la hegemonía que se desmorona.
Y ahí, en mi opinión, reside la única explicación racional de lo que estamos viendo. Estas rupturas brutales y humillantes, incluso con sus colaboradores más fieles, son su modelo básico. No se limita a despedir, sino que busca pisotear y humillar. Hemos visto cómo echó a Pamela Bondy, que era su sombra y su escudo, y cómo trató a Kristi Noem. Esa es también su forma de tratar a los europeos: para él no son aliados, sino esclavos a los que ni siquiera considera necesario animar.
Por ahora, Trump intenta evitar a Estados Unidos y a China en lo que respecta a este tipo de insultos personales directos, pero es evidente que puede perder los estribos en cualquier momento. Para él, eso no es un problema. Y hay una razón para ello: al parecer, el Occidente ya no puede salvar su unipolaridad por otros medios que no sean esta hegemonía tan directa, acelerada y extremadamente agresiva.
Simplemente no tienen tiempo para crear ilusiones, para la cortesía con los «nobles vasallos». No hay tiempo para el liberalismo, los derechos humanos y otros pseudovalores con los que antes se encubría esa misma dictadura implacable. Las fuerzas globales han elegido a un hombre capaz de llevar a cabo esta misión sucia e impopular —tanto para la humanidad como para la sociedad estadounidense— de la forma más rápida y despiadada posible. La verdadera misión de Trump, oculta durante mucho tiempo tras el oropel de su espectáculo, se perfila cada vez con mayor claridad: es el último y desesperado intento de mantener al mundo bajo el yugo de un único amo.
Hoy incluso he publicado una entrada sobre mi conversación con Tucker Carlson, que tuvo lugar hace exactamente dos años. Por entonces, la campaña electoral de Trump ni siquiera había comenzado, y pensábamos que su principal rival sería Biden. Hablamos con Tucker sobre el futuro y él admitió que lo que más le preocupaba era la influencia de los neoconservadores sobre Trump.
Cuando empezamos a hablar de las perspectivas de un mundo multipolar, Tucker se detuvo un instante y comentó: «Me parece que Trump no aceptará la multipolaridad». Por entonces, Carlson aún lo apoyaba, ya que veía en él a un defensor de los valores tradicionales y a un opositor del liberalismo. Por cierto, Tucker tiene una opinión extremadamente negativa del nazismo ucraniano y esperaba que Trump cambiara la postura de EE. UU. en la dirección que nos convenía. Sin embargo, en lo que respecta a la multipolaridad, ya entonces tenía sus dudas.
Hoy en día, Tucker Carlson se encuentra en del lado de la oposición a Trump dentro de EE. UU., aunque fue precisamente él quien lo llevó al poder. Ahora Tucker lo dice sin rodeos: no se imaginaba quién resultaría ser Trump en realidad. Le creyó, compartía sus ideas, pero Trump traicionó al movimiento MAGA y a sus seguidores. Muchos de ellos están ahora en la oposición, aunque a Tucker todavía lo invitan a veces a la Casa Blanca, a pesar de sus críticas.
Ya entonces Carlson previó que Trump tendría problemas con el mundo multipolar. Y es que la multipolaridad es la única forma de un orden mundial verdaderamente justo y la única manera de acabar con la hegemonía occidental. La mayoría de quienes apoyaban inicialmente a Trump estaban de acuerdo con esto: solo querían que Estados Unidos ocupara un lugar digno en este nuevo mundo. Pero Trump, en algún momento, declaró la guerra a la multipolaridad. Y esto ya no es una mentira, ni un gesto fortuito, ni un ataque de nervios. Esta es la línea verdadera de su política: una lucha despiadada contra el mundo multipolar.
¿Cómo puede acabar esto? O bien Trump infligirá un daño crítico a la multipolaridad, haciendo retroceder este proceso décadas atrás —no se puede descartar este escenario, dada su agresividad desmesurada—. O, por el contrario, sus medidas extremadamente duras acelerarán el colapso de la hegemonía occidental, generando caos y división dentro de la OTAN, hasta llegar a una guerra civil en los Estados Unidos. Las apuestas han subido al máximo: Trump lo ha puesto todo en juego, obligándonos a nosotros, los partidarios de un mundo multipolar, a hacer lo mismo. En este juego es imposible mantenerse al margen: quien no participa, simplemente permite que otros tomen decisiones por él.
Trump se juega el todo por el todo para salvar la hegemonía de EE. UU. a cualquier precio. Y no nos queda otra salida que aceptar esta lógica de escalada. Es imposible esquivarla. Ahora se habla mucho de negociaciones, pero los iraníes —ese gran y orgulloso pueblo con miles de años de historia de los imperios aqueménida y sasánida— ¿acaso pueden aceptar el papel de «miserables esclavos» que les asigna Trump? No puedo imaginarlo. Ni siquiera un pueblo pequeño toleraría ese tono, por no hablar de una gran civilización.
Trump no necesita negociaciones. Su ultimátum a Irán es una lección clara para China y para nosotros: «Esto es lo que os pasará si os atrevéis a resistir». Se trata de una guerra directa contra nosotros y no podemos quedarnos aquí como meros observadores. Hacer como si nada pasara en Venezuela, en Cuba o en Oriente Medio, mientras se lanzan ataques autorizados sobre nuestro territorio y se bloquean nuestros puertos y petroleros, es sencillamente imposible.
Nos encontramos en la tercera de las cuatro etapas del plan de Trump. El final es la guerra con China. Pekín espera retrasar ese momento, pero los estadounidenses lanzarán el ataque cuando les convenga. Ahora mismo, Irán es lo que separa a China del destino de los demás, y a nosotros, del destino de Venezuela. Trump, al parecer, cree que nunca nos atreveremos a recurrir a nuestro arsenal nuclear y, por eso, deja en manos de Washington el derecho a decidir cómo y cuándo emplear la fuerza. O bien realmente no nos considera una amenaza fatal, o bien finge hábilmente, posponiendo el ajuste de cuentas definitivo hasta que llegue el momento oportuno.
Presentador: Irán es hoy un ejemplo para muchos: nuestros conciudadanos admiran sinceramente la firmeza con la que Teherán resiste una presión colosal. Me gustaría abordar al final el tema de los ataques contra la infraestructura, pero ya en relación con nuestra región. Hace muy poco, literalmente hace unos días, se frustró un intento de atentado contra el gasoducto «TurkStream». Y he aquí un acontecimiento simbólico: varios países —Rusia, Turquía, Hungría y Serbia— acordaron crear una coalición para garantizar la seguridad física de esta arteria. ¿No es esto una reacción directa a la política agresiva de Occidente y, en particular, a los métodos en los que podrían estar implicados los Estados Unidos?
Aleksandr Duguin: Estoy convencido de que esto no puede ser una iniciativa de los ucranianos. Ucrania no es más que un instrumento dócil, un ejecutor técnico de la política estadounidense. Es evidente que los atentados contra los «Nord Stream» beneficiaban a Washington. Ahora, en el contexto del bloqueo del estrecho de Ormuz, Estados Unidos pretende crear una situación en la que Rusia no pueda aprovechar el fuerte aumento de los precios de los combustibles. Los ataques contra nuestra infraestructura y nuestros puertos son una iniciativa directa de Estados Unidos.
En cuanto a la coalición para la defensa del «Gasoducto Turco», y con todo el respeto hacia sus participantes, hay que tener en cuenta el grado de soberanía de estos. Si los estadounidenses deciden volar este gasoducto, lo harán sin prestar la más mínima atención a las alianzas defensivas de los países europeos semivasallos. En el peor de los casos, simplemente cambiarán a los gobernantes de allí, si estos se muestran demasiado insistentes.
La situación se encuentra al límite. Una cosa es luchar contra Ucrania o incluso contra la Unión Europea, y otra muy distinta es enfrentarse a EE. UU., que está detrás de ellos. Aunque parezca que Washington no está ansioso por entrar en un conflicto directo, todas las decisiones fundamentales se toman precisamente allí. Con Trump solo ha cambiado la fachada, pero la esencia sigue siendo la misma: una hegemonía dura e intransigente.
Debemos ser conscientes de lo radical que es este momento. Y realmente vale la pena tomar en cuenta el ejemplo de Irán. Hoy, la humanidad se enfrenta a una disyuntiva clara: o eres Irán —es decir, la resistencia— o eres Hitler en una nueva versión del nazismo estadounidense e israelí, con el que el mundo se ha enfrentado de lleno.
No hay un tercer camino en esta escalada.
Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera
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